Granada

Granada, la ciudad cuyo solo nombre nos transporta a un tiempo de sultanes y princesas, de aromas y hamanes. La Granada de Boabdil, con su Alhambra y su Generalife, con sus olorosos jardines y cármenes, que inevitablemente hacen volar nuestra imaginación a un pasado que, por tangible, no nos parece tan lejano.

Lugares de recogimiento, de disfrute, donde ni el agua se escuchaba para no molestar a sus habitantes y cuya belleza imponía a quienes cruzaban sus puertas, como invitados o enviados de otras tierras.

Pero Granada tiene otra cara, la de las estrechas y empedradas callejuelas del Albayzín, con sus balcones engalanados de flores que, incluso en la soledad de los paseos nocturnos, alegran la vista al visitante.

Y Granada también es tradición. La tradición y el arte de los gitanos del Sacromonte, que cada noche exhiben en sus cuevas o zambras. Aunque su espectáculo esté destinado al turista o, aunque a uno no le guste especialmente el flamenco, no acudir al menos una vez es dejar sin conocer una parte importante del espíritu de la ciudad.

En sólo unos días, la ciudad te roba el corazón y al irte sabes que algún día, más pronto que tarde, volverás ara recorrer de nuevo sus calles o sumergirte en las aguas de algún hamán, o para saludar a pequeños “amigos” que dejaste en el Parque de las Ciencias.


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