El mar

En pocos sitios me siento tan yo como junto al mar. Puedo pasarme horas sentada contemplado el vaivén de las olas, viéndolas llegar y alejarse, unas veces tranquilas y sosegadas y otras, las que más me gustan, enfurecidas, queriendo arrasar con todo lo que trate de frenarlas.

Pero pocas cosas se comparan a vivirlo desde un barco viendo como la costa se va alejando y la gente y los edificios se hacen pequeñitos, mientras tú te sientes tan inmenso como el océano que te rodea. Ese momento en que el balanceo del barco, unido a la brisa y al aroma del mar, te hacen desear que el tiempo pase despacio o, mejor aún, que se detenga, que se haga eterno.

Pero, al final, la travesía termina y hay que regresar, aunque los recuerdos y las sensaciones no desaparecerán jamás. Y piensas en Alberti y su Marinero en tierra y sabes, que como él, estás unida al mar, incluso después de muerta.

Si mi voz muriera en tierra 
llevadla al nivel del mar 
y dejadla en la ribera.

  Llevadla al nivel del mar 
y nombradla capitana 
de un blanco bajel de guerra
.

  ¡Oh mi voz condecorada 
con la insignia marinera: 
sobre el corazón un ancla 
y sobre el ancla una estrella 
y sobre la estrella el viento 
y sobre el viento la vela!

(Rafael Alberti)

Volvemos

Han pasado más de dos años desde la última entrada, dos años en los que, muchas veces, he dudado entre matar el blog de manera definitiva o dejarlo morir en el olvido.

Pero hace unos días he vuelto a pensar en él y en las posibilidades que me ofrece de expresarme, de compartir mis ideas, mis locuras o mis pensamientos, así que sin más aquí estamos de nuevo, como uno sólo. Él y yo dos años después, retomando las cosas donde las dejamos.