Os Teixois

En un mundo cada vez más tecnológico y donde se nos obliga a vivir con prisas, es un privilegio encontrar pequeños lugares donde el tiempo se detuvo hace mucho tiempo, y que nos devuelven la tranquilidad que no siempre apreciamos que nos falta.

Uno de esos lugares es el Conjunto Etnográfico Os Teixois en Taramundi (Asturias). Una pequeña aldea con edificios de piedra enclavada entre las verdes montañas del occidente asturiano.

El agua es el protagonista de todo el complejo. Un agua tan cristalina como helada, que baja de la montaña y que permite que funcionen los diversos ingenios que hacen único este complejo, como el batán,

el molino,

o la fragua, donde agua y fuego se unen rompiendo el mito, porque, al igual que son dos elementos contrapuestos, también pueden ser aliados cuando es necesario.

Ocaso

Dice la RAE, en su primera acepción, que el ocaso es la “puesta del sol, o de otro astro, al trasponer el horizonte”. Un momento que, si hay suerte y el tiempo lo permite, nos sorprenderá por su llamativo colorido y nos hará desear que ese momento se prolongue para siempre, que no termine.

Todo lo contrario que ocurre con la otra definición que nos dan los académicos, cuando nos dicen que ocaso también es “decadencia, declinación, acabamiento”. En ese caso, deseamos que el final llegue pronto, que la agonía no dure demasiado.

Los humanos somos capaces de lidiar con los problemas, con la tristeza, con la fealdad, con la decadencia que nos rodea. Aprendemos desde pequeños a avanzar pese a lo negativo.

Sin embargo, no siempre nos paramos a reflexionar, a pensar antes de seguir avanzando. Por esa razón, cuando tenemos la fortuna de estar en el lugar y momento correctos, lo mejor que podemos hacer es sentarnos a contemplar la belleza que la naturaleza nos regala. Y aprovechar esos momentos de calma para reflexionar sobre qué queremos y cómo queremos conseguirlo.

Si lo hiciéramos, tal vez, y sólo tal vez, el mundo sería un lugar mejor.


Paseando por Florencia

Si tuviera que definir a Florencia con una sola palabra, esa palabra sería Arte, porque lo primero que me viene a la mente son la bonita catedral de Santa María del Fiore con su fachada decorada, que se yergue orgullosa ante los paseantes, turistas o locales, que a diario pasan ante ella.

Una catedral que, si por fuera, llama la atención, por dentro deja sin palabras y las exclamaciones de admiración se suceden, por muy descreído que se sea, pese a lo austero de su interior, o quizás, por eso mismo.

Pero entre tanta austeridad, resalta la decoración de la Cúpula, obra del gran Filippo Brunelleschi.

Pero, incluso más que la magnífica catedral gótica, el gran protagonista de Florencia es el David de Miguel Angel, que estaba diseñado para estar en Santa María del Fiore, y que acabó instalado en la Galleria dell’Accademia. 

Lo que más llama la atención cuando uno entra en la sala en que se encuentra ubicado es el tamaño de la escultura. Pese a lo descomunal de la obra, la precisión del maestro Buonarroti en cada detalle hace que esperes que se baje de la peana y se ponga a caminar entre el numeroso público que le rodea.

Contemplando esa mano que le cuelga al costado, en la que se aprecian esas venas abultadas que, si las miras fijamente parecería que la sangre circula por ellas, no puedes evitar pensar en que si Goliat las hubiera mirado antes de que David usara la honda, quizás no habría estado tan seguro de su victoria y no hubiera sucumbido ante el ataque del pequeño David.

Y, como Florencia es arte, también sus artistas callejeros se convierten en arte, para no desentonar con el entorno.

Y en la ciudad Arte también hay espacio para la pintura, en este caso en el interior de la Galleria degli Uffizi, donde se pueden encontrar magníficas obras del Renacimiento, como la Primavera de Botticelli, aunque tengas que verla entre cabezas, brazos y fotos de otras personas.

Y, para acabar el recorrido por esta joya artística de la Toscana, una imagen del Ponte Vecchio desde una ventana de la Galleria. Porque Florencia no sería lo mismo sin ese puente, ni el puente sería lo mismo sin Florencia aunque cruzase el mismo río Arno.

El mar

En pocos sitios me siento tan yo como junto al mar. Puedo pasarme horas sentada contemplado el vaivén de las olas, viéndolas llegar y alejarse, unas veces tranquilas y sosegadas y otras, las que más me gustan, enfurecidas, queriendo arrasar con todo lo que trate de frenarlas.

Pero pocas cosas se comparan a vivirlo desde un barco viendo como la costa se va alejando y la gente y los edificios se hacen pequeñitos, mientras tú te sientes tan inmenso como el océano que te rodea. Ese momento en que el balanceo del barco, unido a la brisa y al aroma del mar, te hacen desear que el tiempo pase despacio o, mejor aún, que se detenga, que se haga eterno.

Pero, al final, la travesía termina y hay que regresar, aunque los recuerdos y las sensaciones no desaparecerán jamás. Y piensas en Alberti y su Marinero en tierra y sabes, que como él, estás unida al mar, incluso después de muerta.

Si mi voz muriera en tierra 
llevadla al nivel del mar 
y dejadla en la ribera.

  Llevadla al nivel del mar 
y nombradla capitana 
de un blanco bajel de guerra
.

  ¡Oh mi voz condecorada 
con la insignia marinera: 
sobre el corazón un ancla 
y sobre el ancla una estrella 
y sobre la estrella el viento 
y sobre el viento la vela!

(Rafael Alberti)

Roma

La Ciudad Eterna, la ciudad de César Augusto, la ciudad del sacro imperio romano-germánico, la ciudad de Fellini. Todo eso y más es Roma. Una ciudad caótica y bella a partes iguales. Una ciudad que te sorprende con una obra de arte en cada esquina.

Lo más emblemático, sin duda, el Coliseo, sede de las luchas de gladiadores, que aún hoy medio en ruinas, muestra su esplendor. No es difícil imaginar sus gradas llenas de gente gritando, animando y mostrando sus filias y fobias hacia aquellos hombres que, no pocas veces, dejaban su vida en la arena, por la decisión arbitraria de otros.

141011-121746-mmg

141013-150959-mmg

Pero no le van a la zaga espacios como el Foro Romano y Palatino. Es extraña la sensación de recorrer sus calles en el siglo XXI y no poder evitar pensar en ellas llenas, celebrando otra victoria de las cohortes que ayudaba a ampliar el Imperio. Esas calles que recibieron a Cleopatra, a Julio César, a Marco Antonio, que vieron caminar por ellas a Tiberio, a Domiciano, al propio Nerón.

141013-172952-mmg
Esa Roma que, apenas sin transición, te lleva al Rinascimento de Miguel Ángel, con sus magníficas esculturas, como el Moisés que se encuentra en San Pietro in Vincoli,

141018-174532-mmg

o al Barroco de Bernini con obras como Santa Maria Maggiore

141014-121139-mmg

o la columnata de la Piazza San Pietro.

141017-175506-mmg-2

Pero Roma también es actualidad, es gente que camina por sus calles, o las recorre en moto,  igual que hicieron Audrey Hepburn y Gregory Peck.

141011-170505-mmg

141011-182728-mmg

Y con su caos circulatorio, sus calles y plazas plagadas de turistas y un profundo aire decadente, Roma te enamora, te atrapa y te hace saber que, con o sin arrojar moneda a la Fontana de Trevi vas a volver. Porque siempre hay un rincón nuevo que descubrir.

Estrellas

Escribía Pablo Neruda:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “la noche está está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

A diferencia del poeta yo no veo tristeza en una noche estrellada, aunque debo reconocer que hay pocas cosas que me hagan sentir tan pequeña como un cielo lleno de estrellas. Esos pequeños puntos de luz tan lejanos y tan cercanos al mismo tiempo.

En el silencio y la oscuridad de la noche, donde todo parece cambiar y los objetos cotidianos adquieren formas caprichosas que en ocasiones nos hacen dudar, ellas se muestran inalterables. Pero no es así. Las estrellas se mueven, igual que nos movemos nosotros, recorren la bóveda celeste, se desplazan, giran, nos observan igual que nosotros a ellas. Son testigos de amores, desamores, de tristezas y alegrías, de nacimientos y muertes.

Y pasan las horas, y empiezan a asomar los primeros rayos del sol anunciando un nuevo día. Y la magia de las estrellas se va diluyendo hasta el punto de hacernos olvidar que esa luz que las oculta es de otra estrella. Una que, quizás, por cercana y familiar, nos produce menos fascinación.

160910-003700-mmg

Cádiz

Cuando pienso en Cádiz, pienso en luz. Una luz brillante, cálida, que ilumina cada rincón de la ciudad y a su gente.

Una luz que ilumina sus parques, llenándolos de vida, de risas y voces,

151128-151617-MMG

y su mar. Ese mar junto al que los pescadores pasan sus tardes, en compañía de sus cañas, esperando ese pez que les de la satisfacción del logro conseguido.

151128-184828-MMG

Porque no se puede entender Cádiz, sin la fusión de la luz y el mar. Cuando la luz se va apagando, la playa se va quedando solitaria y es el momento idóneo para hacerla testigo de amores y desamores, de riñas, de nostalgias, de sueños.

151128-192826-MMG

Las últimas luces, también indican el final de la jornada. Es el momento de dejar las barcas, de regresar a casa con la familia. Mañana será otro día. El sol brillará de nuevo y, con él, regresará la luz.

151128-193802-MMG