Remembrance Day

 

Apenas habían pasado un día o dos desde que llegamos a Londres cuando en la estación de Westminster nos encontramos a un grupo de voluntarios que ofrecían poppies (amapolas) de fieltro, plástico, papel o metal. Fue una de las primeras adquisiciones que hicimos. La (Royal) British Legion comenzó a utilizarlas en 1921, tras su creación, para conmemorar a los soldados muertos en la I Guerra Mundial. (Toda la historia se puede leer aquí).

Hoy, 11 de noviembre, y con la presencia de la Reina Isabel, se celebraron los actos de homenaje a los caídos tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, en el Cenotafio de Whitehall.

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Por el lado sur, la base y parte de la calzada, se convirtieron en un manto de flores rojas.

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También hubo quien no quiso olvidarlas a ellas, a las mujeres que en la II Guerra Mundial tuvieron que asumir el trabajo que los hombres no podían desempeñar por estar combatiendo, y, en su monumento, en la misma Whitehall, les dejaron coronas y textos.

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Pero lejos de los actos centrales, con menos fasto y boato, también en el Borough de Southwark se celebró el pequeño homenaje en el West Lane War Memorial. Fue un acto tremendamente emotivo, donde niños y ancianos se unían, en un respetuoso silencio, sólo interrumpido por las palabras del oficiante y los cánticos, para recordar que estamos aquí gracias a todos aquellos que combatieron contra el terror.

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Poco a poco, el memorial se fue llenando de coronas de papel rojas y de pequeñas cruces que tanto asociaciones como Boy Scouts, o particulares iban depositando.

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A todos esos hombres y mujeres les debemos hoy lo que somos. Tras su sacrificio, especialmente, tras la II Guerra Mundial, Europa, vive el mayor período de tiempo de paz, como una sociedad unida, como un todo. Permitir que triunfe el antieuropeísmo, que venzan quienes quieren volver a desunir Europa, es pisotear la memoria de toda esta gente, los que murieron y los que, hoy, rodeados de sus familias, de sus vecinos, recuerdan a los que ya no están. Es decirles en la cara que su sacrificio fue estéril.

 

Cinco años de silencio

Es aterrador ver la imagen de Aylan, porque ese era su nombre, yaciendo en la playa, pero no es menos aterrador pensar en los miles que han corrido la misma suerte durante los últimos cinco años. Porque el drama de todos los refugiados sirios que ahora llegan a las puertas de Europa huyendo del terror, dura ya cinco años. Cinco años en los que los medios que ahora reclaman soluciones callaron, porque no era noticia. Cinco años en los que nadie ha pedido explicaciones a Rusia y a China por oponerse, con su derecho de veto, a una intervención para acabar con el régimen de terror de Bashar al-Asad. Cinco años en que a nadie parecía importarle si tenían un techo, una comida o si llegarían vivos al día siguiente, a la hora siguiente. Cinco años en los que, las decenas de miles que ya no tuvieron ni siquiera la oportunidad de ser refugiados, no abrían las noticias, ni eran portadas de periódicos.

Ahora nos estalla en la puerta de casa y tenemos que buscar una solución de emergencia. Que no será la mejor, probablemente, pero es la que hay que buscar. Qué pena, que durante los cinco años anteriores, no buscáramos la forma de que no tuvieran que llegar a este momento.

Las trece rosas

  
El 5 de agosto se 1939 trece jóvenes de entre 18 y 29 años fueron fusiladas en Madrid. Trece mujeres cuyo único delito era pertenecer a las Juventudes Socialistas Unificadas. La guerra había terminado, pero los vencedores no habían hecho más que empezar su “limpieza”, que prolongarían 40 años más.

A las Trece rosas las asesinaron, pero no consiguieron hacer que cayeran en el olvido. Y no habrán vencido mientras, cada 5 de agosto, las recordemos, mientras sus nombres sigan diciéndole algo al mundo. Cumplamos el deseo se Julia Conesa cuando, en su carta se despedida a su madre, pidió “que mi nombre no se borre se la historia”

Éste es mi pequeño homenaje a:

Carmen Barrero Aguado 🌹

Martina Barroso García 🌹

Blanca Brisac Vázquez 🌹

Pilar Bueno Ibáñez 🌹

 Julia Conesa Conesa 🌹

Adelina García Casillas 🌹

Elena Gil Olaya 🌹

Virtudes González García 🌹

Ana López Gallego 🌹

Joaquina López Laffite 🌹

Dionisia Manzanero Salas 🌹

Victoria Muñoz García 🌹

Luisa Rodríguez de la Fuente 🌹

Fundido en negro

Hoy, mi ciudad llora y se vuelve oscura. Esa ciudad a la que llegué siendo adolescente, a la que vi crecer, mientras yo hacía lo propio. Esa ciudad en que el gris industrial y el brillo de la prosperidad y los avances se fusionaban como un todo. Durante muchos años, gracias al trabajo y el esfuerzo de hombres y mujeres, la ciudad se volvió un referente para el turismo, para la cultura e, incluso, para personas que, como en el caso de mi familia, veían en ella un mejor futuro.

Pero un buen día, mi ciudad se empezó a volver gris. Al frente del gobierno municipal, ya no había personas que se preocuparan por mantenerla resplandeciente y la ayudaran a seguir creciendo. Pero todos sabíamos que el mandato de esas personas grises, que volvían gris a la ciudad, tenía una fecha de caducidad. Y llegó el día de elegir quién estaría al frente de la ciudad, los que le habían dado color, o los que la volvieron gris. Y la gente eligió y eligió el color, la alegría. Y la gente decidió que deberían ser tres grupos  quienes le dieran color, así que a sus responsables les tocaba ponerse de acuerdo en cómo lo harían.

Fueron pasando los días y, uno de los grupos, el último en entrar en escena, aunque sus integrantes fueran viejos conocidos, empezó a poner excusas: hoy no me va bien, mañana tengo planes, a ver si encuentro un hueco y te llamo, y así, sucesivamente. No hacia falta ser muy listo para darse cuenta de que no estaban muy por la labor, y el pesimismo empezaba a correr entre todos aquéllos que apostábamos porque aquello saliese bien. En medio de todo este proceso, y para buscar la coartada para una decisión que ya estaba tomada, se sacaron un conejo de la chistera en forma de “consulta popular”. Una consulta que nadie consideraba sensata, salvo ellos y la gente gris que veía en ella ese clavo ardiendo que necesitaban. Con la coartada en la mano, aceptaron la reunión con los otros dos. Llegaron con la actitud chulesca del que cree tener la sartén por el mango, del,que sabe que solo está allí para hacer el paripé, pero que estaría mejor en otro lado.  El desencuentro, en ese ambiente, estaba garantizado, como así fue.

Pero aún quedaba un día, con sus 24 horas para que aquello cambiara. Muchas personas clamaban por un cambio de actuitud, pedían, casi suplicaban, que no se permitiera seguir viviendo en el gris. De nada sirvió.

Los que venían a renovar, a escuchar a la ciudadanía, se taparon los oídos y solo se escucharon a sí mismos y a sus intereses. Le entregaron el gobierno de la ciudad a las personas grises y, a la puerta del Consistorio lo celebraban, felices como ganadores, demostrando que esa era la estrategia desde el principio. Ahora tendrán que dar explicaciones a todas aquellas personas que confiaron en ellos y a las que traicionaron. A las que pidieron el voto con cantos de sirena.

Pero ése es su problema y de quienes les votaron. El problema, para el resto, es asistir impotentes a cuatro años en los que la ciudad, salvo que se produzca un milagro, pasará del gris al negro.

Las reglas del juego

Juego

Para poder jugar, es importante que todos los jugadores conozcan previamente a qué van a jugar, y cuáles son las reglas de ese juego. Si el juego es sobradamente conocido, todo lo más que se puede es acordar si la apuesta tiene un mínimo o un máximo, si el que pierde paga los cafés o si, se eleva la apuesta, y al vencedor se le invita a cenar. Acordado eso, toca sentarse a la mesa, repartir las cartas y empezar la partida.

Una vez que las cartas están sobre el tapete, la suerte y la habilidad de los jugadores son fundamentales. A veces se gana, otras se pierde y algunas, las menos, hay empate. Lo importante es que, al final de la partida, todo el mundo quede satisfecho con lo que ocurrió en la mesa de juego. Esto es lo que ocurre cuando todos los jugadores saben para qué están allí y cuál es su cometido.

Lamentablemente esto, que parece tan sencillo, se rompe muchas veces cuando en la mesa hay un mal jugador. Alguien que, cuando gana las reglas son correctas, pero que, cuando pierde, trata de cambiarlas en mitad de la partida. Pero las reglas son tozudas y se empeñan en mantenerse, especialmente, cuando el resto de jugadores no acepta la rabieta de quien no sabe asumir que es uno más y que no siempre puede ganar por mucho que se patalee o se pretenda que los observadores silenciosos, ajenos a la partida, den su opinión.

Así que, estimado jugador, si piensas sentarte a la mesa, asegúrate de que también estás dispuesto a aceptar las reglas del juego para que ni tú, ni los demás, pierdan el tiempo con una partida que no se va a terminar.

The most important thing

“¿Qué es lo más importante que te llevarías si, de repente, tuvieras que huir de tu hogar y de tu país?”

Esta pregunta que, muchos ni siquiera nos planteamos, porque vivimos en la comodidad de nuestros hogares, en países sin conflictos, donde nuestras vidas no corren peligro, es la que da origen al trabajo que el fotoperiodista Brian Sokol, utiliza como hilo de los “Retratos de una huida”, para ACNUR. Un excelente trabajo que pone nombre a los más desfavorecidos, que los convierte en personas de carne y hueso sacándoles del anonimato del término  “refugiado”. 

A lo largo de su obra nos muestra a personas, hombres, mujeres y niños, que han tenido que dejar atrás su hogar en Siria, Sudán del Sur, República Centroafricana o Mali. 

Entre esos rostros se encuentra Dowla, una joven de 22 años que dejó atrás su hogar en Sudán para salvar su vida y la de sus seis hijos. Consciente de que el camino era largo, lo que se llevó consigo fue un palo del que colgaban dos cestas, una en cada extremo, que le servían para llevar a los niños cuando se cansaban.

O, el tuareg Omar Ag Chakude, que huyó con su familia de Mali llevando su vieja tienda tuareg, hecha con pieles de animal. Una posesión que simbolizaba el vínculo con sus ancestros. Y ¿por qué esa tienda? Porque como él explica: “No podía soportar dejarla. Me hubiera sentido como si dejara toda mi vida atrás”. Como si abandonar tu país, aunque sea con toda tu familia, no sea dejar tu vida atrás. 

Tan atrás que hay quien sabe que nunca regresará a su país, como le ocurre al maliense Homaia Ag Bara, que a sus 60 años tiene claro que “Cuando todo el mundo regrese, yo me quedaré aquí en Burkina Faso. Estoy demasiado asustado como para volver, como para enfrentarme a los terribles recuerdos”.

Hay decenas de historias, de rostros, de vidas truncadas por la guerra y la barbarie, pero entre ellas hay algunas que me conmovieron especialmente. Como la de Alia, una joven de 24 años, ciega y en silla de ruedas que padeció los bombardeos y ataques a su país con el miedo a que su familia “se marchara y me dejaran atrás”. Afortunadamente, no lo hicieron.

Y, para terminar, quiero resaltar la historia de Fideline, una adolescente de la República Centroafricana, de 13 años. Cuando su familia tomó la decisión de abandonar su casa, tan sólo se llevó sus cuadernos y su bolígrafo. Atrás quedaron su cartera, sus zapatos o sus cintas de colores para el pelo. Ella se aferró a esos cuadernos y a ese bolígrafo porque “quiero estudiar para ser alguien en la vida. Quiero estudiar”. 

Fideline tiene derecho a estudiar, a ser alguien y todos ellos tienen derecho a recuperar sus vidas, y para ello es importante que  todos nosotros, los que estamos en la comodidad de nuestros hogares, colaboremos exigiendo a nuestros gobiernos y a la comunidad internacional que deje de mirar hacia otro lado y, en menor medida, aunque igual de importante, colaborando con ACNUR, con las donaciones que cada quien pueda o quiera.

Un tren en marcha

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El 31 de enero, a las 14:00 horas, salía de la estación de Gijón “El tren de la libertad“. Un tren al que muchas personas, fundamentalmente mujeres, nos subimos para decirle al gobierno de España que no aceptamos que reformen la actual ley de interrupción voluntaria del embarazo y que no estamos dispuestas a quedarnos en casa calladas y sumisas dejándoles hacer y deshacer a su antojo.

Minutos antes de que partiera el tren, eran muchas las personas que se acercaron a la estación de ferrocarril para mostrar su apoyo y dejar claro que, aunque no podían subir a ese tren, nos apoyaban y compartían nuestras ideas.

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Licencia Creative Commons: Mauricio-José Schwarz

Pocas horas después, el tren llegaba a la estación de Valladolid. Una estación abarrotada de personas que se unían a la reivindicación y se sumaban a la manifestación hasta el auditorio Miguel Delibes, donde el PP (Partido Popular) celebraba su convención anual. Teníamos que decirles en su cara, aunque no se atrevieran a enseñarla, que nuestro cuerpo es nuestro y que no íbamos a consentir que ninguno de ellos con su mentalidad retrógrada y reaccionaria tiene derecho a decidir por nosotras.

Esa noche la pasamos en Valladolid donde unas cuantas afortunadas tuvimos la suerte de que algunas de las compañeras de Valladolid nos hicieran una breve visita guiada por la parte histórica de una bella ciudad.

La mañana del día 1, tras desayunar en el hotel, regresamos a la estación con la energía recargada y con más ilusión que el día anterior. Nuestro destino, Madrid.

Llegamos a la estación de Chamartín, donde la gente de la organización en Madrid nos esperaba para acompañarnos a la estación de Atocha.

Al bajarnos del cercanías que nos condujo allí, confieso me quedé sin palabras. Esperaba que hubiera gente, pero lo que allí había me desbordó, bueno creo que a todas. Pronto toda la estación se convirtió en un clamor al grito de “Sí se puede”. Salir de la estación fue una tarea complicada. La enorme cantidad de gente hacía que fuera una misión casi imposible. Finalmente llegamos a la calle y todavía se me pone la carne de gallina. La explanada de Atocha era un hormiguero.

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Gente por todas partes. Gente llegada de toda España, incluso de fuera de nuestras fronteras. Era tal el gentío que el pequeño grupo de asturianas con las que yo me encontraba estuvo parado en el mismo punto más de 45 minutos sin poder avanzar. Para cuando las compañeras se dirigieron a depositar en el registro del Congreso el manifiesto “Porque yo decido“, nosotros apenas habíamos llegado al Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

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Lo que se vivió en el tren, en Valladolid, en Madrid no fue algo aislado y momentáneo, es algo que está vivo y que mantendremos mientras no rectifiquen su postura. El tren ya se ha puesto en marcha y no tiene intención de detenerse.