Fuegos artificiales

Cuando la mezcla de dos elementos tan básicos como el fuego y la pólvora se convierte en un espectáculo de luces, colores y sonido, algo dentro de mi se activa y me vuelvo niña.

Y sonrío como si no hubiera razones para otra cosa en el mundo, porque durante esos efímeros instantes, realmente no lo hay. El mundo se para y sólo queda la emoción a flor de piel.

Y me siento feliz y emocionada ante la belleza de formas y colores se forman y desaparecen en la negra noche, convirtiéndola en su mejor aliada.

Y, cuando todo termina, y en el cielo ya solo queda el humo, o ni siquiera eso, como prueba de lo que antes hubo, emprendo el camino a casa con la misma sonrisa, con mejor ánimo y con deseos de que ese sentimiento se vuelva, a diferencia de los fuegos artificiales, en eterno.

Grajal de Campos

En estos tiempos donde la tecnología y la inmediatez son la norma, sorprende y agrada encontrarse que aún quedan muchos lugares a lo largo y ancho de esta España mía, esta España nuestra, que cantaba Cecilia, en los que el tiempo parece haberse detenido, como ocurre en Grajal de Campos, una pequeña población (234 habitantes según censo de 2017) de la provincia de León.

A los visitantes los recibe un espectacular castillo, una construcción militar levantada en el siglo XVI  sobre los restos de otro castillo anterior, del siglo X. Se le considera el primer castillo artillero en España. Es un impresionante edificio diseñado por el arquitecto Lorenzo de Aldonza, llevado a cabo entre los años 1517 y 1521, por orden de Hernando de Vega, y finalizado por su hijo, Juan de Vega, primer conde de Grajal de Campos. Tiene planta cuadrangular con 4 torreones donde se emplazaban los cañones de mayor calibre. Está construido sobre un pronunciado talud.

Un castillo que quedó abandonado a su suerte en el siglo XVIII, cuando los condes de Grajal dejaron de vivir en el pueblo y que, aunque fue declarado Monumento Nacional el 3 de junio de 1931, actualmente se encuentra rellenado de tierra y jamás se ha restaurado.

Una lástima que hayan desaparecido el foso con su puente levadizo y su poterna de entrada, porque eso nos transportaría, aún más, a esos tiempos de caballeros y doncellas de los cuentos infantiles.

La Olmeda

No es difícil imaginar un campo árido de Castilla en el mes de julio, bajo un sol abrasador. Quizás es un poco más difícil retroceder en el tiempo y pensar en ese campo a finales de los años sesenta. Pero hagamos el esfuerzo e imaginémoslo, porque ése es el escenario del que parte esta entrada.

En julio de 1968, en terrenos propiedad de  D. Javier Cortes Álvarez de Miranda, en el término municipal de Pedrosa de la Vega (Palencia), mientras se llevaban a cabo labores agrícolas, se encontraron una pared, que tras los pertinentes trabajos arqueológicos resultó ser la Villa
Romana de La Olmeda
, una gran mansión rural del Bajo Imperio Romano (s. IV d.C.). D. Javier sufragó los gastos de sus excavaciones, mantenimiento y conservación hasta 1980, año en que cedió La Villa a la Diputación.

A mediados de los años ochenta se levanta el edificio que albergará y protegerá la villa, y que hoy nos encontramos al llegar una mañana de julio, 51 años después.

En el interior, en un espacio diáfano que se recorre mediante pasarelas, encontramos restos de mosaicos…

… de la distribución interior…

… de las habitaciones principales…

… de las termas, pieza fundamental para los romanos…

… y de las letrinas, bastante menos privadas de lo que estamos acostumbrados en la actualidad.

Los restos, que apenas levantan unos centímetros del suelo, desvelan la gran casa que era. Y, para quienes tengan menos imaginación o, simplemente, no tengan ganas de imaginar, no falta el dibujo que recrea lo que pudo haber sido y fue.

Soledad

Soledad. Cariñosa compañera, pérfida amante y cruel enemiga que nos acompañas siempre, a veces de forma ostentosa, otras de manera discreta y otras, las peores, como un aguijón doloroso.

A veces te tenemos y te disfrutamos. Otras parece que no estás porque te ignoramos. Otras eres una presencia que ahoga, que duele.

Como dice la canción “ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio”. Porque a ratos te buscamos con ansias, te necesitamos de nuestro lado, nos aferramos a ti, como el náufrago a su tabla de salvación.

Lo difícil es convivir contigo cuando te impones, cuando te agarras a nuestro ser de tal manera, que no importa cuánta gente haya alrededor, sólo existes tú y fuera de ti, la oscuridad, el silencio, la nada.

Soledad. Cariñosa compañera, pérfida amante, cruel enemiga.

La Cartuja de Miraflores

La Cartuja de Miraflores es un edificio de estilo gótico, de finales del siglo XV, que se construyó sobre los restos de un palacio de caza, siguiendo los planos y dirección de Juan de Colonia y su hijo Simón. Si bien fue don Juan II de Castilla y León quien la fundó, la obra se debe, casi en exclusiva a su hija, Isabel la Católica.

Tras pasar la galería de entrada, nos encontramos la portada principal. En el tímpano se encuentra una imagen de la “Compasión” o Piedad (la virgen con su hijo muerto en brazos). A los lados del arco, que cobija arquivoltas decoradas, figuran las armas reales de Castilla y León.

El atrio sorprende por su bóveda de crucería

y por una pequeña imagen de la virgen iluminada, en una estancia cuyo único mobiliario es un arcón.

La siguiente estancia, la estancia de los fieles, nos recibe con una magnífica reja, que separa este espacio del siguiente, y permite empezar a vislumbrar parte del magnífico retablo del altar, al que llegaremos luego.

Tras la reja se encuentra el coro de los hermanos y dos pequeños altares laterales, que enmarcan la puerta con la inscripción latina “FELIX COELI PORTA” (FELIZ PUERTA DEL CIELO), y en cuya parte superior se encuentra una talla de la Inmaculada, obra de Bernardo de Elcarreta.


La puerta da acceso al coro de los Padres, el coro propiamente dicho. En el centro se encuentra el facistol, que sirve para sostener los libros utilizados en la misa y, sobre todo, en los oficios litúrgicos (ej. el maitines que se canta a media noche).

Al fondo, en el presbiterio, se encuentra un magnífico retablo gótico de mediados del siglo XV, obra de Gil de Siloé. Y, delante del mismo, el panteón real, obra del mismo autor, en el que yacen los cuerpos de Juan II e Isabel de Portugal, padres de Isabel la Católica.

Pero la Cartuja esconde otros secretos, como un lienzo de Berruguete que muestra la Anunciación a la Virgen.

Una capilla policromada,

Libros de cantos o lectura, pequeñas tallas

Custodias, ricamente adornadas

O, lo que para mi fue la gran sorpresa, un cuadro que Sorolla pintó tras visitar la Cartuja y que está muy alejado de la luz y colorido de las playas levantinas a las que el pintor nos tiene acostumbrados.

Para mi, fue un gran descubrimiento. Y, ya sea por razones religiosas, históricas o artísticas, es una visita obligada a escasos kilómetros de la ciudad de Burgos

Granada

Granada, la ciudad cuyo solo nombre nos transporta a un tiempo de sultanes y princesas, de aromas y hamanes. La Granada de Boabdil, con su Alhambra y su Generalife, con sus olorosos jardines y cármenes, que inevitablemente hacen volar nuestra imaginación a un pasado que, por tangible, no nos parece tan lejano.

Lugares de recogimiento, de disfrute, donde ni el agua se escuchaba para no molestar a sus habitantes y cuya belleza imponía a quienes cruzaban sus puertas, como invitados o enviados de otras tierras.

Pero Granada tiene otra cara, la de las estrechas y empedradas callejuelas del Albayzín, con sus balcones engalanados de flores que, incluso en la soledad de los paseos nocturnos, alegran la vista al visitante.

Y Granada también es tradición. La tradición y el arte de los gitanos del Sacromonte, que cada noche exhiben en sus cuevas o zambras. Aunque su espectáculo esté destinado al turista o, aunque a uno no le guste especialmente el flamenco, no acudir al menos una vez es dejar sin conocer una parte importante del espíritu de la ciudad.

En sólo unos días, la ciudad te roba el corazón y al irte sabes que algún día, más pronto que tarde, volverás ara recorrer de nuevo sus calles o sumergirte en las aguas de algún hamán, o para saludar a pequeños “amigos” que dejaste en el Parque de las Ciencias.


Consuegra

Cuando pensamos en Castilla-La Mancha, a la mente nos vienen imágenes de grandes llanuras y extensiones de campos de cultivo, en los que el verde y los cerros, especialmente para quienes somos del norte, son una anécdota.

Así son los alrededores de este pequeño pueblo de casitas bajas y tonos tierra, donde la Iglesia rompe la equidad de alturas.

Pero Consuegra guarda un secreto, o más bien lo muestra descarada y desafiante. Desde el Cerro Calderico, el viejo castillo medieval, observa a consaburenses y visitantes, erguido e impasible al paso del tiempo, desde el Califato de Córdoba a la actualidad, atesorando entre sus muros hisotrias pasadas y presentes que jamás desvelará.

Y, en esa ubicación privilegiada, comparte espacio, interés y vistas con los molinos, con aquellos “gigantes” a los que el Hidalgo Caballero Don Alonso Quijano hacía frente en El Quijote, ante el estupor de su fiel Sancho.

Aunque de construcción reciente (datan en su mayoría del s. XIX), nos trasladan a otro tiempo, que no lugar, y, pese a saber que no estará, buscamos entre ellos a aquel hombre delgaducho y largo, enfundado en su armadura, subido a su caballo y acompañado del simpático y regordete escudero, a lomos de su burro.

En definitiva, Consuegra es un mágico lugar en el que, como cantaba Ana Belén, “conviven pasado y presente”.