Las reglas del juego

Juego

Para poder jugar, es importante que todos los jugadores conozcan previamente a qué van a jugar, y cuáles son las reglas de ese juego. Si el juego es sobradamente conocido, todo lo más que se puede es acordar si la apuesta tiene un mínimo o un máximo, si el que pierde paga los cafés o si, se eleva la apuesta, y al vencedor se le invita a cenar. Acordado eso, toca sentarse a la mesa, repartir las cartas y empezar la partida.

Una vez que las cartas están sobre el tapete, la suerte y la habilidad de los jugadores son fundamentales. A veces se gana, otras se pierde y algunas, las menos, hay empate. Lo importante es que, al final de la partida, todo el mundo quede satisfecho con lo que ocurrió en la mesa de juego. Esto es lo que ocurre cuando todos los jugadores saben para qué están allí y cuál es su cometido.

Lamentablemente esto, que parece tan sencillo, se rompe muchas veces cuando en la mesa hay un mal jugador. Alguien que, cuando gana las reglas son correctas, pero que, cuando pierde, trata de cambiarlas en mitad de la partida. Pero las reglas son tozudas y se empeñan en mantenerse, especialmente, cuando el resto de jugadores no acepta la rabieta de quien no sabe asumir que es uno más y que no siempre puede ganar por mucho que se patalee o se pretenda que los observadores silenciosos, ajenos a la partida, den su opinión.

Así que, estimado jugador, si piensas sentarte a la mesa, asegúrate de que también estás dispuesto a aceptar las reglas del juego para que ni tú, ni los demás, pierdan el tiempo con una partida que no se va a terminar.

La Torre Eiffel

Cuando uno piensa en París, automáticamente le viene a la cabeza la Torre Eiffel. Y cuando uno está allí, mire donde mire la verá asomar por encima de los edificios, por entre los árboles o al otro lado del río Sena.

Image

Fue diseñada por Gustave Eiffel y su construcción duró poco más de dos años y en ella trabajaron 250 obreros. De hecho, su creador sigue allí, al pie de su obra contemplando como miles de personas pasan por ella cada día.

Image

Inicialmente fue objeto de controversia: los artistas del momento la consideraron monstruosa y, dada su baja rentabilidad al terminar la exposición, se planteó la posibilidad de derruirla en diferentes ocasiones. Afortunadamente nunca lo hicieron, y a principios del siglo XX, con la llegada de las guerras mundiales, las autoridades encontraron su utilidad como antena de radiodifusión y con ella captaron mensajes que ayudaron a los aliados de forma decisiva.

Pero si desde lejos impresiona, cuando uno se sitúa debajo de ella impone.

Image

Image

Image

y subiendo hasta el segundo piso (también se puede subir a la cima) las vistas de la ciudad te dejan sin palabras.ImageImageImageImage

11-M

Por razones que no vienen al caso, esta mañana tuve que tomar un tren. Apenas me senté en mi lugar recordé qué día era, 11 de marzo. Inmediatamente vino a mi mente otro 11-M, el de 2004. Un 11-M en el que doscientas personas perdieron la vida sólo por ir en un tren, como hacíamos hoy mis compañeros de viaje y yo. Me pregunté cuántos estarían recordando ese momento también.

Aquella mañana de 2004, apenas pasaban unos minutos de las 7:30 a.m. y los trenes iban llenos de personas que comenzaban su día. Unos camino al trabajo, otros a estudiar, otros a alguna cita importante, da igual. Era un día normal, como tantos otros, haciendo el mismo trayecto. Y de repente todo se acabó. La barbarie y la sinrazón, camufladas bajo una religión (cómo no) habían decidido jugar a ser dios y poner punto y final a sus vidas y a sus ilusiones sobre las vías de Atocha, de El Pozo y de Santa Eugenia.

Saltaron las alarmas, los medios comenzaron a dar las noticias que, a medida que había más datos, eran más terribles que un minuto antes. Comenzaron los nervios, las llamadas de teléfono para confirmar que los familiares y amigos estaban bien. Después de unos minutos de angustia, te calmabas porque tu gente estaba bien y a salvo.

Pero había 200 muertos. Gente a la que no conocías, a la que no habías visto en tu vida, pero con la que te identificabas y por la que llorabas como si fueran tuyos. Y es que eran tuyos. Eran tu gente y nadie tenía derecho a hacerles aquello. Nadie tenía derecho a matarlos ni a ensuciar su muerte con mentiras y conspiraciones absurdas.

Eran nuestra gente y, de algún modo, todos íbamos en aquellos trenes.

Hoy, 9 años más tarde, este es mi pequeño homenaje a todos ellos, porque mientras les sigamos recordando no se habrán ido para siempre.

Image