Día D

Tal día como hoy, en 1944, las playas de Normandía fueron escenario de la mayor operación naval de la historia, lo que supondría el inicio de la liberación de la Europa ocupada por los nazis.

No es difícil imaginar a Bernard Montgomery explicando a Winston Churchill, en esta pequeña sala de las Churchill War Rooms, que aquello que veían imposible en octubre de 1943, podía ser una realidad en junio de 1944.

O trazando las rutas sobre los mapas, para los más 160.000 soldados que cruzaron el Canal de la Mancha, hacia un futuro incierto del que no sabían si volverían.

Han pasado 75 años desde aquel día. 75 años desde que se liberó al mundo de un loco y sus delirios de poder. 75 años, que parecen pocos para dar las gracias a los que allí estuvieron dando su vida para que hoy podamos ser más libres.

Gracias a los que sobrevivieron,

Foto tomada durante la celebración del Remembrance Day en Bermondsey, Londres

Gracias a los que cayeron,

Foto tomada durante la celebración del Remembrance Day en Londres

Aunque un simple “gracias” sea demasiado poco frente a su esfuerzo y generosidad, no se me ocurre ninguna otra forma de mostrar mi respeto, mi admiración y mi agradecimiento a todas y cada una de las personas que aquel día se atrevieron a soñar que otro mundo era posible.

Volar

Aire y fuego. Fuego y aire. Enemigos y aliados. Elementos que nos hacen sentir pequeños cuando los enfrentamos y poderosos cuando los controlamos.

Y tratamos de encerrarlos, de retenerlos, de apoderarnos de ellos, aunque en el fondo sepamos que siempre serán libres.

Y nos demuestran que su fortaleza nos supera. Que su alianza es capaz de fascinarnos aún más y que siempre seremos sus siervos, no sus amos.

Y miramos al cielo. Y recordamos a Dédalo, que para huir de su encierro en la isla de Creta, fabricó unas alas para él y para su hijo Ícaro, pues el aire era el único elemento que el rey Minos no controlaba. Y nos gustaría ser él.

Y recordamos la alianza del fuego y el aire. Y la usamos en nuestro favor. Y así, al menos durante un tiempo, nos sentimos libres como el aire y fuertes como el fuego.

Masa

Al fin de la batalla, 
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre 
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» 
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Se le acercaron dos y repitiéronle: 
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» 
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, 
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!» 
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Le rodearon millones de individuos, 
con un ruego común: «¡Quédate hermano!» 
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Entonces todos los hombres de la tierra 
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; 
incorporose lentamente,
abrazó al primer hombre; echose a andar…

César Vallejo

Graffitti

Paseas por la ciudad y, a poco que te fijes, descubrirás a esos vecinos silenciosos, que adornan paredes y muros y que, en lugar de ser testigos de nuestros pasos nos transportan a sus mundos.

Nos hacen pensar en quién estará pensando la atractiva mujer con rostro de melancolía. Cuál será la historia que se esconde tras su rostro.

Vemos al cisne y sentimos que bajo su ala protectora estaremos arropados y nada malo podrá pasarnos.

Estiramos la mano para ayudar al joven pescador a atrapar a su pez, antes de que la ola lo engulla para siempre.

Nos conmueve la niña que se aproxima al monstruo con una mirada limpia, sin ver en él algo malo, pese a la desconfianza que parece sentir su amigo el pájaro.

Y, al girar la esquina, está la nave que nos puede trasladar a otros mundos, aún más lejanos y oníricos.

Y también está el niño que lee, probablemente historias de mujeres, de cisnes, de pescadores y peces, de niñas y monstruos, o de naves alienígenas. Historias que le transportan tan lejos como la imaginación le permita.

Y sigues tu paseo dejándoles atrás, pero sabiendo que ya son parte de la ciudad. Son esos vecinos que, sin proponérselo, despiertan tu imaginación y te hacen ver la ciudad de otro modo.

Prerrománico Asturiano (I)

Ramiro I gobernó el Reino de Asturias tan sólo durante ocho años, del 842 al 850, pero dejó como legado algunas de las obras arquitectónicas más significativas del arte prerrománico asturiano.

La iglesia de San Miguel de Lillo (Sanmiguel de Liño), dedicada a San Miguel Arcángel, fue mandada edificar hacia el 842 por el rey Ramiro I. El monarca mandó construir junto a sus palacios con función de iglesia palatina.
Desgraciadamente sólo ha llegado hasta nosotros una tercera parte de la construcción original, ya que toda la cabecera y parte de las naves se derrumbaron, posiblemente en el siglo XI, al parecer debido a un desplazamiento de tierras motivado por un arroyo cercano.

En la actualidad, después de las excavaciones que se efectuaron a lo largo del siglo pasado, conocemos no sólo la parte que aún subsiste, sino también toda su planta original.

La Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1985.


Por su parte, Santa María del Naranco es un edificio de planta rectangular de 21 metros de largo por 6 de ancho, dividido en dos pisos, con una altura total de unos 9 m​ resultando una planta bastante alargada. En sus lados mayores existen dos salientes de los cuales el del lado norte corresponde a una escalera de dos tiros por la que se accede a la planta superior.

No se conoce exactamente cuál fue la finalidad del edificio. Algunas hipótesis hablan de palacio de caza, por el bosque que rodeaban el complejo arquitectónico en el siglo IX, o como residencia dedicada al ocio.

Pero haya sido cual haya sido, lo importante es que es el edificio mejor conservado y uno en el que se pueden observar todos los elementos característicos del arte ramirense.

El templo fue declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco en diciembre de 1985.

El mar

En pocos sitios me siento tan yo como junto al mar. Puedo pasarme horas sentada contemplado el vaivén de las olas, viéndolas llegar y alejarse, unas veces tranquilas y sosegadas y otras, las que más me gustan, enfurecidas, queriendo arrasar con todo lo que trate de frenarlas.

Pero pocas cosas se comparan a vivirlo desde un barco viendo como la costa se va alejando y la gente y los edificios se hacen pequeñitos, mientras tú te sientes tan inmenso como el océano que te rodea. Ese momento en que el balanceo del barco, unido a la brisa y al aroma del mar, te hacen desear que el tiempo pase despacio o, mejor aún, que se detenga, que se haga eterno.

Pero, al final, la travesía termina y hay que regresar, aunque los recuerdos y las sensaciones no desaparecerán jamás. Y piensas en Alberti y su Marinero en tierra y sabes, que como él, estás unida al mar, incluso después de muerta.

Si mi voz muriera en tierra 
llevadla al nivel del mar 
y dejadla en la ribera.

  Llevadla al nivel del mar 
y nombradla capitana 
de un blanco bajel de guerra
.

  ¡Oh mi voz condecorada 
con la insignia marinera: 
sobre el corazón un ancla 
y sobre el ancla una estrella 
y sobre la estrella el viento 
y sobre el viento la vela!

(Rafael Alberti)

Volvemos

Han pasado más de dos años desde la última entrada, dos años en los que, muchas veces, he dudado entre matar el blog de manera definitiva o dejarlo morir en el olvido.

Pero hace unos días he vuelto a pensar en él y en las posibilidades que me ofrece de expresarme, de compartir mis ideas, mis locuras o mis pensamientos, así que sin más aquí estamos de nuevo, como uno sólo. Él y yo dos años después, retomando las cosas donde las dejamos.