El mar

En pocos sitios me siento tan yo como junto al mar. Puedo pasarme horas sentada contemplado el vaivén de las olas, viéndolas llegar y alejarse, unas veces tranquilas y sosegadas y otras, las que más me gustan, enfurecidas, queriendo arrasar con todo lo que trate de frenarlas.

Pero pocas cosas se comparan a vivirlo desde un barco viendo como la costa se va alejando y la gente y los edificios se hacen pequeñitos, mientras tú te sientes tan inmenso como el océano que te rodea. Ese momento en que el balanceo del barco, unido a la brisa y al aroma del mar, te hacen desear que el tiempo pase despacio o, mejor aún, que se detenga, que se haga eterno.

Pero, al final, la travesía termina y hay que regresar, aunque los recuerdos y las sensaciones no desaparecerán jamás. Y piensas en Alberti y su Marinero en tierra y sabes, que como él, estás unida al mar, incluso después de muerta.

Si mi voz muriera en tierra 
llevadla al nivel del mar 
y dejadla en la ribera.

  Llevadla al nivel del mar 
y nombradla capitana 
de un blanco bajel de guerra
.

  ¡Oh mi voz condecorada 
con la insignia marinera: 
sobre el corazón un ancla 
y sobre el ancla una estrella 
y sobre la estrella el viento 
y sobre el viento la vela!

(Rafael Alberti)

Volvemos

Han pasado más de dos años desde la última entrada, dos años en los que, muchas veces, he dudado entre matar el blog de manera definitiva o dejarlo morir en el olvido.

Pero hace unos días he vuelto a pensar en él y en las posibilidades que me ofrece de expresarme, de compartir mis ideas, mis locuras o mis pensamientos, así que sin más aquí estamos de nuevo, como uno sólo. Él y yo dos años después, retomando las cosas donde las dejamos.

Remembrance Day

 

Apenas habían pasado un día o dos desde que llegamos a Londres cuando en la estación de Westminster nos encontramos a un grupo de voluntarios que ofrecían poppies (amapolas) de fieltro, plástico, papel o metal. Fue una de las primeras adquisiciones que hicimos. La (Royal) British Legion comenzó a utilizarlas en 1921, tras su creación, para conmemorar a los soldados muertos en la I Guerra Mundial. (Toda la historia se puede leer aquí).

Hoy, 11 de noviembre, y con la presencia de la Reina Isabel, se celebraron los actos de homenaje a los caídos tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, en el Cenotafio de Whitehall.

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Por el lado sur, la base y parte de la calzada, se convirtieron en un manto de flores rojas.

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También hubo quien no quiso olvidarlas a ellas, a las mujeres que en la II Guerra Mundial tuvieron que asumir el trabajo que los hombres no podían desempeñar por estar combatiendo, y, en su monumento, en la misma Whitehall, les dejaron coronas y textos.

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Pero lejos de los actos centrales, con menos fasto y boato, también en el Borough de Southwark se celebró el pequeño homenaje en el West Lane War Memorial. Fue un acto tremendamente emotivo, donde niños y ancianos se unían, en un respetuoso silencio, sólo interrumpido por las palabras del oficiante y los cánticos, para recordar que estamos aquí gracias a todos aquellos que combatieron contra el terror.

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Poco a poco, el memorial se fue llenando de coronas de papel rojas y de pequeñas cruces que tanto asociaciones como Boy Scouts, o particulares iban depositando.

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A todos esos hombres y mujeres les debemos hoy lo que somos. Tras su sacrificio, especialmente, tras la II Guerra Mundial, Europa, vive el mayor período de tiempo de paz, como una sociedad unida, como un todo. Permitir que triunfe el antieuropeísmo, que venzan quienes quieren volver a desunir Europa, es pisotear la memoria de toda esta gente, los que murieron y los que, hoy, rodeados de sus familias, de sus vecinos, recuerdan a los que ya no están. Es decirles en la cara que su sacrificio fue estéril.

 

Cruce de cables

Cuando caminaba por las calles de Vancouver no podía evitar mirar al cielo y contemplar los cables de los trolebuses.

Me fascinaban los grandes cruces plagados de cables, que se entrecruzaban como telas de araña, y me hacían pensar que, a veces, la vida es como esos cruces de cables.

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Lo que debería ser un cielo despejado se llena de cables que se entrecruzan en todas direcciones y dificultan saber hacia donde seguir. Todos parecen llevar a algún sitio, o tal vez a ninguno. Tomar la decisión de seguir un sólo cable es compleja, porque no hay forma de saber qué encontraremos al final del trayecto. Pero los trolebuses siguen avanzando, aunque se equivoquen de cable.

Tomar decisiones, arriesgarse, fracasar y recuperarse, es estar vivo. Que la vida no sea sencilla no la hace menos vida, sino más intensa. En ocasiones, nos “engancharemos” al cable equivocado, pero sólo podremos continuar avanzando, aprendiendo de los errores, cambiando a otro cable, a ver si es el correcto. Y hacerlo con convicción para que  al final del trayecto,  cuando llegue la hora, podamos decir que algunos cables nos llevaron a donde no queríamos, pero supimos aprender del error, enmendarlo y seguir en el camino correcto.

 

 

Roma

La Ciudad Eterna, la ciudad de César Augusto, la ciudad del sacro imperio romano-germánico, la ciudad de Fellini. Todo eso y más es Roma. Una ciudad caótica y bella a partes iguales. Una ciudad que te sorprende con una obra de arte en cada esquina.

Lo más emblemático, sin duda, el Coliseo, sede de las luchas de gladiadores, que aún hoy medio en ruinas, muestra su esplendor. No es difícil imaginar sus gradas llenas de gente gritando, animando y mostrando sus filias y fobias hacia aquellos hombres que, no pocas veces, dejaban su vida en la arena, por la decisión arbitraria de otros.

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Pero no le van a la zaga espacios como el Foro Romano y Palatino. Es extraña la sensación de recorrer sus calles en el siglo XXI y no poder evitar pensar en ellas llenas, celebrando otra victoria de las cohortes que ayudaba a ampliar el Imperio. Esas calles que recibieron a Cleopatra, a Julio César, a Marco Antonio, que vieron caminar por ellas a Tiberio, a Domiciano, al propio Nerón.

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Esa Roma que, apenas sin transición, te lleva al Rinascimento de Miguel Ángel, con sus magníficas esculturas, como el Moisés que se encuentra en San Pietro in Vincoli,

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o al Barroco de Bernini con obras como Santa Maria Maggiore

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o la columnata de la Piazza San Pietro.

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Pero Roma también es actualidad, es gente que camina por sus calles, o las recorre en moto,  igual que hicieron Audrey Hepburn y Gregory Peck.

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Y con su caos circulatorio, sus calles y plazas plagadas de turistas y un profundo aire decadente, Roma te enamora, te atrapa y te hace saber que, con o sin arrojar moneda a la Fontana de Trevi vas a volver. Porque siempre hay un rincón nuevo que descubrir.

Estrellas

Escribía Pablo Neruda:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “la noche está está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

A diferencia del poeta yo no veo tristeza en una noche estrellada, aunque debo reconocer que hay pocas cosas que me hagan sentir tan pequeña como un cielo lleno de estrellas. Esos pequeños puntos de luz tan lejanos y tan cercanos al mismo tiempo.

En el silencio y la oscuridad de la noche, donde todo parece cambiar y los objetos cotidianos adquieren formas caprichosas que en ocasiones nos hacen dudar, ellas se muestran inalterables. Pero no es así. Las estrellas se mueven, igual que nos movemos nosotros, recorren la bóveda celeste, se desplazan, giran, nos observan igual que nosotros a ellas. Son testigos de amores, desamores, de tristezas y alegrías, de nacimientos y muertes.

Y pasan las horas, y empiezan a asomar los primeros rayos del sol anunciando un nuevo día. Y la magia de las estrellas se va diluyendo hasta el punto de hacernos olvidar que esa luz que las oculta es de otra estrella. Una que, quizás, por cercana y familiar, nos produce menos fascinación.

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Cádiz

Cuando pienso en Cádiz, pienso en luz. Una luz brillante, cálida, que ilumina cada rincón de la ciudad y a su gente.

Una luz que ilumina sus parques, llenándolos de vida, de risas y voces,

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y su mar. Ese mar junto al que los pescadores pasan sus tardes, en compañía de sus cañas, esperando ese pez que les de la satisfacción del logro conseguido.

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Porque no se puede entender Cádiz, sin la fusión de la luz y el mar. Cuando la luz se va apagando, la playa se va quedando solitaria y es el momento idóneo para hacerla testigo de amores y desamores, de riñas, de nostalgias, de sueños.

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Las últimas luces, también indican el final de la jornada. Es el momento de dejar las barcas, de regresar a casa con la familia. Mañana será otro día. El sol brillará de nuevo y, con él, regresará la luz.

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Gijón

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Hablar de Gijón es hablar del mar, de ese Cantábrico que pasa de la calma a la furia en cuestión de segundos. Ese Cantábrico que te da espacio para caminar junto a él y, al instante, te lo quita, como si fuera el amo y señor de la ciudad y ésta le perteneciese.

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Es el mar junto al que se puede pasear, el mar que te relaja mientras lo contemplas, el mar que te da la calma que la vida te exige para poder seguir peleando.

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Incluso, cuando la noche empieza a caer sobre la ciudad, y los cielos se vuelven de fuego, ahí está el mar. Quieto, expectante, altivo

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No importa la hora, no importa la época del año, el mar siempre esta ahí. Es el amigo que no abandona, pase lo que pase. Es el amante fiel de una ciudad que no puede ni quiere darle la espalda.

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Sor Juana Inés de la Cruz

Hace un mes, paseando por Madrid en el comienzo de mis vacaciones, me encontré con el monumento a Sor Juana Inés de la Cruz. Una escultura, réplica de la que existe en México DF, que fue un regalo del pueblo Mexicano al pueblo de Madrid otorgado en Octubre de 1981.

Considerada una de las grandes figuras de la literatura mexicana, prefiero quedarme con su faceta como feminista adelantada a su tiempo. Una mujer que ingresó al convento porque, como ella misma dijo, “para la total negación que tenía al matrimonio era lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad de mi salvación”.

Junto con la foto, os dejo un poema que refuerza esa visión feminista que ella tenía del mundo. De su mundo, en la segunda mitad del siglo XVII. Un poema que me hace pensar en lo poco que han cambiado algunas cosas en más de tres siglos y me da fuerzas para seguir luchando por nosotras, las mujeres, por nuestros derechos y libertades.
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Hombres necios que acusáis

Cinco años de silencio

Es aterrador ver la imagen de Aylan, porque ese era su nombre, yaciendo en la playa, pero no es menos aterrador pensar en los miles que han corrido la misma suerte durante los últimos cinco años. Porque el drama de todos los refugiados sirios que ahora llegan a las puertas de Europa huyendo del terror, dura ya cinco años. Cinco años en los que los medios que ahora reclaman soluciones callaron, porque no era noticia. Cinco años en los que nadie ha pedido explicaciones a Rusia y a China por oponerse, con su derecho de veto, a una intervención para acabar con el régimen de terror de Bashar al-Asad. Cinco años en que a nadie parecía importarle si tenían un techo, una comida o si llegarían vivos al día siguiente, a la hora siguiente. Cinco años en los que, las decenas de miles que ya no tuvieron ni siquiera la oportunidad de ser refugiados, no abrían las noticias, ni eran portadas de periódicos.

Ahora nos estalla en la puerta de casa y tenemos que buscar una solución de emergencia. Que no será la mejor, probablemente, pero es la que hay que buscar. Qué pena, que durante los cinco años anteriores, no buscáramos la forma de que no tuvieran que llegar a este momento.