Paseando por Florencia

Si tuviera que definir a Florencia con una sola palabra, esa palabra sería Arte, porque lo primero que me viene a la mente son la bonita catedral de Santa María del Fiore con su fachada decorada, que se yergue orgullosa ante los paseantes, turistas o locales, que a diario pasan ante ella.

Una catedral que, si por fuera, llama la atención, por dentro deja sin palabras y las exclamaciones de admiración se suceden, por muy descreído que se sea, pese a lo austero de su interior, o quizás, por eso mismo.

Pero entre tanta austeridad, resalta la decoración de la Cúpula, obra del gran Filippo Brunelleschi.

Pero, incluso más que la magnífica catedral gótica, el gran protagonista de Florencia es el David de Miguel Angel, que estaba diseñado para estar en Santa María del Fiore, y que acabó instalado en la Galleria dell’Accademia. 

Lo que más llama la atención cuando uno entra en la sala en que se encuentra ubicado es el tamaño de la escultura. Pese a lo descomunal de la obra, la precisión del maestro Buonarroti en cada detalle hace que esperes que se baje de la peana y se ponga a caminar entre el numeroso público que le rodea.

Contemplando esa mano que le cuelga al costado, en la que se aprecian esas venas abultadas que, si las miras fijamente parecería que la sangre circula por ellas, no puedes evitar pensar en que si Goliat las hubiera mirado antes de que David usara la honda, quizás no habría estado tan seguro de su victoria y no hubiera sucumbido ante el ataque del pequeño David.

Y, como Florencia es arte, también sus artistas callejeros se convierten en arte, para no desentonar con el entorno.

Y en la ciudad Arte también hay espacio para la pintura, en este caso en el interior de la Galleria degli Uffizi, donde se pueden encontrar magníficas obras del Renacimiento, como la Primavera de Botticelli, aunque tengas que verla entre cabezas, brazos y fotos de otras personas.

Y, para acabar el recorrido por esta joya artística de la Toscana, una imagen del Ponte Vecchio desde una ventana de la Galleria. Porque Florencia no sería lo mismo sin ese puente, ni el puente sería lo mismo sin Florencia aunque cruzase el mismo río Arno.

El mar

En pocos sitios me siento tan yo como junto al mar. Puedo pasarme horas sentada contemplado el vaivén de las olas, viéndolas llegar y alejarse, unas veces tranquilas y sosegadas y otras, las que más me gustan, enfurecidas, queriendo arrasar con todo lo que trate de frenarlas.

Pero pocas cosas se comparan a vivirlo desde un barco viendo como la costa se va alejando y la gente y los edificios se hacen pequeñitos, mientras tú te sientes tan inmenso como el océano que te rodea. Ese momento en que el balanceo del barco, unido a la brisa y al aroma del mar, te hacen desear que el tiempo pase despacio o, mejor aún, que se detenga, que se haga eterno.

Pero, al final, la travesía termina y hay que regresar, aunque los recuerdos y las sensaciones no desaparecerán jamás. Y piensas en Alberti y su Marinero en tierra y sabes, que como él, estás unida al mar, incluso después de muerta.

Si mi voz muriera en tierra 
llevadla al nivel del mar 
y dejadla en la ribera.

  Llevadla al nivel del mar 
y nombradla capitana 
de un blanco bajel de guerra
.

  ¡Oh mi voz condecorada 
con la insignia marinera: 
sobre el corazón un ancla 
y sobre el ancla una estrella 
y sobre la estrella el viento 
y sobre el viento la vela!

(Rafael Alberti)

Volvemos

Han pasado más de dos años desde la última entrada, dos años en los que, muchas veces, he dudado entre matar el blog de manera definitiva o dejarlo morir en el olvido.

Pero hace unos días he vuelto a pensar en él y en las posibilidades que me ofrece de expresarme, de compartir mis ideas, mis locuras o mis pensamientos, así que sin más aquí estamos de nuevo, como uno sólo. Él y yo dos años después, retomando las cosas donde las dejamos.

Remembrance Day

 

Apenas habían pasado un día o dos desde que llegamos a Londres cuando en la estación de Westminster nos encontramos a un grupo de voluntarios que ofrecían poppies (amapolas) de fieltro, plástico, papel o metal. Fue una de las primeras adquisiciones que hicimos. La (Royal) British Legion comenzó a utilizarlas en 1921, tras su creación, para conmemorar a los soldados muertos en la I Guerra Mundial. (Toda la historia se puede leer aquí).

Hoy, 11 de noviembre, y con la presencia de la Reina Isabel, se celebraron los actos de homenaje a los caídos tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, en el Cenotafio de Whitehall.

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Por el lado sur, la base y parte de la calzada, se convirtieron en un manto de flores rojas.

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También hubo quien no quiso olvidarlas a ellas, a las mujeres que en la II Guerra Mundial tuvieron que asumir el trabajo que los hombres no podían desempeñar por estar combatiendo, y, en su monumento, en la misma Whitehall, les dejaron coronas y textos.

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Pero lejos de los actos centrales, con menos fasto y boato, también en el Borough de Southwark se celebró el pequeño homenaje en el West Lane War Memorial. Fue un acto tremendamente emotivo, donde niños y ancianos se unían, en un respetuoso silencio, sólo interrumpido por las palabras del oficiante y los cánticos, para recordar que estamos aquí gracias a todos aquellos que combatieron contra el terror.

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Poco a poco, el memorial se fue llenando de coronas de papel rojas y de pequeñas cruces que tanto asociaciones como Boy Scouts, o particulares iban depositando.

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A todos esos hombres y mujeres les debemos hoy lo que somos. Tras su sacrificio, especialmente, tras la II Guerra Mundial, Europa, vive el mayor período de tiempo de paz, como una sociedad unida, como un todo. Permitir que triunfe el antieuropeísmo, que venzan quienes quieren volver a desunir Europa, es pisotear la memoria de toda esta gente, los que murieron y los que, hoy, rodeados de sus familias, de sus vecinos, recuerdan a los que ya no están. Es decirles en la cara que su sacrificio fue estéril.

 

Cruce de cables

Cuando caminaba por las calles de Vancouver no podía evitar mirar al cielo y contemplar los cables de los trolebuses.

Me fascinaban los grandes cruces plagados de cables, que se entrecruzaban como telas de araña, y me hacían pensar que, a veces, la vida es como esos cruces de cables.

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Lo que debería ser un cielo despejado se llena de cables que se entrecruzan en todas direcciones y dificultan saber hacia donde seguir. Todos parecen llevar a algún sitio, o tal vez a ninguno. Tomar la decisión de seguir un sólo cable es compleja, porque no hay forma de saber qué encontraremos al final del trayecto. Pero los trolebuses siguen avanzando, aunque se equivoquen de cable.

Tomar decisiones, arriesgarse, fracasar y recuperarse, es estar vivo. Que la vida no sea sencilla no la hace menos vida, sino más intensa. En ocasiones, nos “engancharemos” al cable equivocado, pero sólo podremos continuar avanzando, aprendiendo de los errores, cambiando a otro cable, a ver si es el correcto. Y hacerlo con convicción para que  al final del trayecto,  cuando llegue la hora, podamos decir que algunos cables nos llevaron a donde no queríamos, pero supimos aprender del error, enmendarlo y seguir en el camino correcto.

 

 

Roma

La Ciudad Eterna, la ciudad de César Augusto, la ciudad del sacro imperio romano-germánico, la ciudad de Fellini. Todo eso y más es Roma. Una ciudad caótica y bella a partes iguales. Una ciudad que te sorprende con una obra de arte en cada esquina.

Lo más emblemático, sin duda, el Coliseo, sede de las luchas de gladiadores, que aún hoy medio en ruinas, muestra su esplendor. No es difícil imaginar sus gradas llenas de gente gritando, animando y mostrando sus filias y fobias hacia aquellos hombres que, no pocas veces, dejaban su vida en la arena, por la decisión arbitraria de otros.

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Pero no le van a la zaga espacios como el Foro Romano y Palatino. Es extraña la sensación de recorrer sus calles en el siglo XXI y no poder evitar pensar en ellas llenas, celebrando otra victoria de las cohortes que ayudaba a ampliar el Imperio. Esas calles que recibieron a Cleopatra, a Julio César, a Marco Antonio, que vieron caminar por ellas a Tiberio, a Domiciano, al propio Nerón.

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Esa Roma que, apenas sin transición, te lleva al Rinascimento de Miguel Ángel, con sus magníficas esculturas, como el Moisés que se encuentra en San Pietro in Vincoli,

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o al Barroco de Bernini con obras como Santa Maria Maggiore

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o la columnata de la Piazza San Pietro.

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Pero Roma también es actualidad, es gente que camina por sus calles, o las recorre en moto,  igual que hicieron Audrey Hepburn y Gregory Peck.

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Y con su caos circulatorio, sus calles y plazas plagadas de turistas y un profundo aire decadente, Roma te enamora, te atrapa y te hace saber que, con o sin arrojar moneda a la Fontana de Trevi vas a volver. Porque siempre hay un rincón nuevo que descubrir.

Estrellas

Escribía Pablo Neruda:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “la noche está está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

A diferencia del poeta yo no veo tristeza en una noche estrellada, aunque debo reconocer que hay pocas cosas que me hagan sentir tan pequeña como un cielo lleno de estrellas. Esos pequeños puntos de luz tan lejanos y tan cercanos al mismo tiempo.

En el silencio y la oscuridad de la noche, donde todo parece cambiar y los objetos cotidianos adquieren formas caprichosas que en ocasiones nos hacen dudar, ellas se muestran inalterables. Pero no es así. Las estrellas se mueven, igual que nos movemos nosotros, recorren la bóveda celeste, se desplazan, giran, nos observan igual que nosotros a ellas. Son testigos de amores, desamores, de tristezas y alegrías, de nacimientos y muertes.

Y pasan las horas, y empiezan a asomar los primeros rayos del sol anunciando un nuevo día. Y la magia de las estrellas se va diluyendo hasta el punto de hacernos olvidar que esa luz que las oculta es de otra estrella. Una que, quizás, por cercana y familiar, nos produce menos fascinación.

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