Père-Lachaise

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Siempre me ha gustado tomar fotos en los cementerios. Hay algo en ellos que me atrae y me inspira, así que en mi viaje a París no podía faltar la visita al cementerio de Père-Lachaisefamoso por contar entre sus “inquilinos” con personajes ilustres como Honoré de Balzac, Frédéric Chopin, Édith Piaf, Marcel Proust o Jim Morrison, por citar solo a unos pocos (poquísimos).

Pero no todo son tumbas con nombre, también hay muchas abandonadas, con vidrieras rotas que recuerdan que allí hay alguien del que ya nadie se acuerda.

ImageAlgunos se aseguraron que su mejor amigo siempre esté allí, a su lado, compartiendo el paso del tiempo:

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A otros sólo les acompañan las flores que deciden nacer en un lugar donde la muerte es la que manda:

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Pero, camines por donde camines, a lo largo de sus más de 44 hectáreas, siempre estarán ellos, los guardianes de Père-Lachaise, recordándote que ése también es su hogar, y que el intruso eres tú:

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Y no, por extraño que parezca, tomar fotos en los cementerios (aunque no sean tan famosos) es muy habitual, y en Père-Lachaise lo saben. Por esa razón, dentro de una de las criptas no hay una tumba, sino una enorme cámara de fotos. No es una tumba, sino la capilla de la Memoria Necropolitana, una asociación cultural que se dedica a salvaguardar el patrimonio funerario mediante fotografías:

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Museo del Louvre

Cuando uno piensa en el Musée du Louvre cuesta creer que en sus orígenes fuese un castillo medieval, aunque todavía hay una parte visible del viejo castillo. Lógicamente todos tenemos en la mente el magnífico edificio que fue ampliado y embellecido en el Renacimiento y posteriormente y que fue palacio real durante un tiempo, hasta que en Mayo de 1791, en plena revolución francesa, la Asamblea decide convertirlo en el museo que es hoy.

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Al acceder al interior del edificio desde la línea de metro, sorprende encontrarse con una galería comercial y un vestíbulo modernos y actuales, bajo una espantosa pirámide de hierro y cristal (desde mi modesto punto de vista):

131026-114454-MMGPor suerte, una vez se cruza el control de entradas, el esplendor del edificio vuelve con toda su fuerza. Salas y salas llenas de obras de arte escultóricas y pictóricas de distintas épocas y procedencias nos trasladan a un viaje en el tiempo.

Pero el arte también lo puedes encontrar en sus techos:

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En sus escaleras:

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O en sus patios interiores:

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Notre Dame

Llegamos a la Île de la Cité una soleada mañana de otoño y allí nos esperaba la catedral de Notre Dame

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Entrar en esta joya del Gótico es un viaje a la Edad Media, especialmente si la visita coincide con la misa del domingo y el coro está cantando cuando atraviesas la gran puerta de madera que te separa del exterior.

La zona central está cerrada al público para que los muchos turistas no interrumpan la eucaristía que sacerdote y fieles celebran sin inmutarse, como si estuvieran en cualquier pequeña iglesia de pueblo y no en la gran catedral parisina. Ver sus vidrieras, sus lámparas con bombillas en forma de vela, el rosetón tapado por el gran órgano cuyo sonido se te mete en las entrañas, mientras paseas por los laterales y recorres la girola en el más absoluto silencio. No importa cuántos turistas haya dentro, sus voces apenas son audibles.

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Pero Notre Dame no es sólo su interior. También hay que subir a las torres, aunque Quasimodo no esté o se esconda de los curiosos. Desde lo alto, todos miramos a la calle quizás, como él, buscando ver llegar a Esmeralda.

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Sólo las gárgolas que vigilan la ciudad desde lo alto nos hacen compañía. Allí, junto a ellas, no se ven tan amenazantes ni horribles. Es más, no se puede dejar de tener cierto sentimiento de envidia por no poder disfrutar de esas vistas más que un ratito.

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La Torre Eiffel

Cuando uno piensa en París, automáticamente le viene a la cabeza la Torre Eiffel. Y cuando uno está allí, mire donde mire la verá asomar por encima de los edificios, por entre los árboles o al otro lado del río Sena.

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Fue diseñada por Gustave Eiffel y su construcción duró poco más de dos años y en ella trabajaron 250 obreros. De hecho, su creador sigue allí, al pie de su obra contemplando como miles de personas pasan por ella cada día.

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Inicialmente fue objeto de controversia: los artistas del momento la consideraron monstruosa y, dada su baja rentabilidad al terminar la exposición, se planteó la posibilidad de derruirla en diferentes ocasiones. Afortunadamente nunca lo hicieron, y a principios del siglo XX, con la llegada de las guerras mundiales, las autoridades encontraron su utilidad como antena de radiodifusión y con ella captaron mensajes que ayudaron a los aliados de forma decisiva.

Pero si desde lejos impresiona, cuando uno se sitúa debajo de ella impone.

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y subiendo hasta el segundo piso (también se puede subir a la cima) las vistas de la ciudad te dejan sin palabras.ImageImageImageImage

Callejeando por París

Sin duda, una de las cosas que más llama la atención cuando caminas por la magnífica Ciudad de la Luz son sus terrazas. Con sus dos filas de mesas perfectamente ordenadas, con todas las sillas mirando al frente, como si nadie quisiera perderse todo lo que ocurre en la ciudad, aunque en realidad, a nadie le preocupa lo que haga o diga el de al lado.

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También te encuentras con personajes curiosos

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El otoño en todo su esplendor que, aunque no sea tan vistoso o colorido como en la montaña, tiene su encanto.

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Y, sobre todo, mires donde mires, siempre está ella, la Torre Eiffel, erguida sobre la ciudad, sus edificios y sus gentes. Testigo de todo lo que ocurre y acontece.

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Sus monumentos, sus puentes y sus edificios tendrán su entrada en otro momento.

Callejeando por Avilés

Con motivo de la celebración del festival literario Celsius232 me acerqué hasta Avilés, una ciudad en la que conviven perfectamente los viejos edificios como esta capilla:

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Con las estructuras más modernas, como el centro Niemeyer:

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Y, tratándose de una ciudad costera, no pueden faltar los barcos. Aunque no siempre sean tan imponentes como éste:

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San Juan

Una noche mágica, o eso dicen. Los fuegos artificiales dan el pistoletazo de salida a la noche más corta del año. 

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Como si de un nuevo comienzo de año se tratase, arrojamos a la hoguera todo lo que nos ata y nos impide avanzar, y le confiamos nuestros deseos e ilusiones, confiando en que ese fuego que nos hipnotiza nos ayudará a hacer borrón y cuenta nueva.

Y, por si esto no fuera suficiente, la luna llena hace su presencia, dejando claro que tampoco quiere perderse la hoguera. Se convierte así en testigo silencioso de cuanto ocurre alrededor de las llamas.

ImagePor delante quedan muchas horas para bailar alrededor del fuego, para reír, para llorar, para enamorarse, en definitiva para vivir y volver a empezar.